Con órbitas de 3.3 a 4.9 días, la temperatura de los exoplanetas es de entre mil 200 y mil 650 grados centígrados, demasiado altas para albergar algún tipo de actividad biológica como la conocemos en la Tierra.
Según el director de la División de Astrofísica de la NASA en Washington, John Morse, el descubrimiento de esos planetas hace más factible la posibilidad de que en un futuro cercano se detecte la presencia de uno con las mismas características de la Tierra.
"Es sólo cuestión de tiempo para que las observaciones de Kepler nos lleven a planetas más pequeños con órbitas más prolongadas y que estén más cerca del primer análogo terrestre", indicó.
Una característica crucial de un planeta similar a la Tierra será la de que tenga una temperatura que permita la existencia de agua en forma líquida sobre su superficie.
El telescopio espacial detecta la presencia de exoplanetas a través de una medición del brillo de sus estrellas.
Cuando los planetas cruzan esas estrellas bloquean su haz de luz visto desde la Tierra o desde el Kepler. El análisis de esa información permite determinar sus tamaños así como sus temperaturas y los tiempos de sus órbitas.
"Las observaciones de Kepler nos dirán si existen estrellas con planetas que pudieran albergar vida. También nos dirán si, definitivamente, estamos solos en esta galaxia", indicó Borucki.
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